
La belleza siempre me ha cautivado, no solo la que se ve, sino la que se siente en los detalles. Me atraen los matices: la intensidad del barroco, la pureza del minimalismo, la elegancia del romanticismo francés. Pero creo en la armonía, en que cada estilo tenga su espacio. Quizá por eso me obsesiona capturar lo efímero en Super 8: ese grano imperfecto, esa textura que convierte lo cotidiano en memoria antes de ser recuerdo. El mar es parte de esa búsqueda. El surf al amanecer me conecta con algo más grande que yo, con el ritmo natural de las olas y con esa sensación de presencia absoluta.
Disfruto de los placeres simples: andar descalzo por la arena, comprar flores sin motivo, cerrar la semana con una copa de vino tinto cerca del mar. Me gusta el orden, los espacios cuidados y el café caliente sobre el escritorio. Pero también adoro lo espontáneo: un aperitivo largo en una terraza, carcajadas que suenan a terapia, conversaciones improvisadas con desconocidos. Encuentro belleza tanto en la estructura como en el caos ligero de un domingo bien vivido.
Y si hay algo que resume mi forma de sentir, es la cocina mediterránea. El aceite de oliva brillante sobre un tomate recién cortado, el pan crujiente, el pescado fresco después de una mañana de mar. Sabores honestos, sin artificio, donde la calidad lo es todo. Al final, lo que busco en la estética, en el cine, en el surf o en la comida es lo mismo: equilibrio. Entre sencillez y profundidad. Entre placer y armonía.
